
Sinaloa: el costo de ser libres
El arte independiente y la autonomía creativa
Por Eden Dusk
En Sinaloa, hacer cine, música o narrativa visual fuera del cobijo institucional no es un acto de rebeldía adolescente; es una postura ética ante la realidad. Nosotros, en Eden Dusk, hemos elegido caminar por el sendero pedregoso de la independencia, no porque despreciemos los recursos, sino porque valoramos algo que ningún financiamiento por sí mismo garantiza: la soberanía de nuestra propia voz.
El peso de la libertad y el tiempo
Existe una romántica idea sobre el artista “libre”, pero la realidad a pie de cañón es mucho más física y desgastante. La independencia tiene un peso específico, medible en horas de sueño, en equipo rentado que se devuelve al amanecer y en la incertidumbre cotidiana de si habrá presupuesto para la próxima jornada.
Cuando uno acepta financiamiento institucional, a menudo —no siempre— acepta también sus tiempos, sus marcos de evaluación y sus prioridades. La burocracia cultural tiene un ritmo que no coincide con el latido de la tierra. Nosotros preferimos que nuestros tiempos los dicte la luz del atardecer sobre el manglar o el ciclo de pesca de una comunidad, no el cierre fiscal de una secretaría. Esta libertad nos permite esperar: filmar el silencio, la pausa y el gesto sin la prisa de justificar una factura. Pero el costo es alto: cada proyecto se vuelve una maratón de resistencia donde la autogestión es el único combustible.
La cara oculta: el filtro del “compadrazgo”
Hay que decirlo con claridad, sin amargura, pero con la firmeza de quien conoce el terreno: en Sinaloa, como en muchos ecosistemas culturales, el acceso a apoyos puede verse atravesado por redes informales, centralización de decisiones y criterios que tienden a favorecer proyectos institucionalmente “seguros”. Los fondos, los estímulos y los apoyos, que en teoría son públicos y democráticos, en la práctica no siempre se perciben como igual de accesibles para todos.
Por eso se escucha —en conversaciones de taller, foros y pasillos— que el “compadrazgo” puede pesar más que el portafolio. No lo decimos como sentencia judicial ni como acusación a personas específicas: lo nombramos como un diagnóstico social que explica por qué tantos creadores terminan sosteniendo su trabajo sin padrinos. Esa dinámica abre una grieta: de un lado, el arte de escaparate, seguro, bien financiado; del otro, el arte que nace de la entraña, que incomoda, que mira de frente al territorio y a los pueblos, y que por no ser “conveniente” suele caminar más solo.
Para creadores como nosotros, esto no es una derrota, sino una clarificación. Nos obliga a entender que nuestra legitimidad no vendrá de un logotipo al final de los créditos, sino de la verdad que logremos capturar en pantalla y del consentimiento de la gente que nos permite contarla.
La estética de la necesidad
Esta escasez de recursos oficiales también moldea una estética. En Eden Dusk, hemos aprendido que la falta de presupuesto no se celebra: se enfrenta. Y se enfrenta con concepto, con método y con oficio. Si no tenemos para grandes grúas o iluminación masiva, aprendemos a leer el sol como los antiguos navegantes; usamos la luz natural como un regalo y la cámara en mano como una extensión del cuerpo.
La necesidad nos vuelve rigurosos. No podemos desperdiciar un solo plano. Cada toma —ya sea documentando la danza de una artista local o narrando la resistencia de un pescador ante la amenaza industrial— debe ser esencial. No hay espacio para el adorno superfluo. Esta economía de recursos nos ha llevado a un estilo poético-contemplativo donde el silencio y la atmósfera pesan más que el espectáculo vacío.
Una alianza con la realidad
Al final, nuestra independencia nos regala el activo más valioso: la confianza de la gente. Cuando llegamos a una comunidad, o cuando hablamos con quienes habitan su territorio, no llegamos como empleados de una institución ajena; llegamos como iguales. No tenemos que maquillar la realidad para que encaje en un informe. Podemos mostrar la belleza dorada de la bahía, sí, pero también la amenaza fría del acero que se cierne sobre ella.
El arte independiente en Sinaloa es, en esencia, un acto de fe y resistencia. Es decidir que nuestra historia no la van a contar los que firman los cheques, sino los que habitan el territorio. En Eden Dusk seguimos aquí, transformando cada obstáculo en narrativa, convencidos de que la dignidad de nuestro trabajo reside en su autonomía: en la capacidad de mirar, narrar y responderle a la realidad asumiendo, conscientemente, el costo de ser libres.


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